El mundo árabe: potencias en competencia, ambiciones nacionales y fragmentación
Por el profesor Mohamed Ihsan
Secretario General de la Organización de Solidaridad de los Pueblos Afroasiáticos
El mundo árabe nunca había parecido tan fragmentado políticamente como en la actualidad. Desde el Golfo hasta el norte de África, y desde Irak y Siria hasta Yemen, Sudán, Líbano y Palestina, los Estados árabes actúan cada vez más de acuerdo con cálculos estratégicos separados, en lugar de hacerlo conforme a una visión regional común. Comparten una lengua, una amplia historia cultural y muchas preocupaciones de seguridad, pero no logran transformar estos elementos comunes en una unidad política significativa.
La cuestión central aquí no es únicamente por qué difieren los Estados árabes. Después de todo, las diferencias entre Estados son algo natural. La pregunta más profunda es: ¿por qué las discrepancias entre los Estados árabes se convierten con tanta frecuencia en rivalidades estratégicas, conflictos por delegación y relaciones competitivas con las potencias externas?
La respuesta comienza con una realidad: ya no existe un único centro político árabe capaz de definir las prioridades de la región. En otro tiempo, Egipto desempeñó en gran medida ese papel. Arabia Saudita posee una enorme influencia económica, religiosa y política. Irak tuvo históricamente un considerable peso político y militar. Siria también fue un actor importante en los asuntos árabes. Sin embargo, hoy la influencia está distribuida entre varias capitales rivales, cada una de las cuales busca imponer su propia definición de la influencia regional.
Esta fragmentación resulta especialmente evidente en el Golfo.
Los Estados del Golfo cooperan estrechamente en numerosas cuestiones, pero no comparten una única visión de la región. Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Baréin y Omán tienen cada uno sus propios cálculos de seguridad, prioridades económicas y estrategias de política exterior. Sus posiciones respecto a Irán, el islam político, Israel, Yemen, la energía, Turquía y las grandes potencias mundiales no siempre coinciden.
La relación entre Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos ejemplifica esta realidad. Riad y Abu Dabi siguen siendo socios importantes y comparten numerosos intereses estratégicos, pero también compiten por la influencia, el liderazgo económico y el prestigio regional. Sus diferentes enfoques hacia Yemen y otros conflictos regionales demuestran que incluso dos de los Estados árabes más poderosos del Golfo pueden tener visiones considerablemente distintas sobre cómo debería configurarse el orden regional árabe.
Catar representa otro modelo. Doha ha construido su influencia mediante la riqueza, la diplomacia, las relaciones internacionales y la mediación. Su disposición a mantener relaciones con actores considerados inaceptables por otros gobiernos árabes la ha llevado repetidamente a entrar en desacuerdo con algunos de sus vecinos. La crisis del Golfo, que comenzó en 2017, puso de manifiesto la profundidad de esas diferencias. Aunque la confrontación terminó posteriormente, las divergencias fundamentales entre las capitales del Golfo no desaparecieron.
Omán, por su parte, ha seguido históricamente un camino diferente, centrado en la neutralidad y la mediación. Kuwait ha tendido a favorecer la diplomacia y la estabilidad regional. Baréin permanece estrechamente vinculado a Arabia Saudita y depende en gran medida de asociaciones externas en materia de seguridad. El resultado es un Golfo institucionalmente interconectado, pero estratégicamente diverso.
Fuera del Golfo, la fragmentación se vuelve aún más evidente.
Irak sigue atrapado entre su identidad árabe, su relación con Irán y la influencia de Estados Unidos. Siria ha pasado años en el centro de las rivalidades regionales. Líbano continúa sufriendo divisiones políticas internas y la considerable influencia de Hezbolá. Yemen se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de cómo un conflicto interno puede transformarse en un escenario de competencia entre agendas regionales rivales. Sudán también ha demostrado que la competencia de intereses entre las potencias árabes puede extenderse profundamente al continente africano.
El norte de África tiene sus propias divisiones. Argelia y Marruecos continúan inmersos en una rivalidad estratégica de larga duración. Libia sigue padeciendo la existencia de centros políticos y militares rivales. Egipto, al mismo tiempo, afronta desafíos relacionados con Libia, Sudán, Gaza, el mar Rojo y sus propias presiones económicas internas. Marruecos, Argelia, Túnez y Egipto siguen cada vez más estrategias nacionales que no necesariamente coinciden entre sí ni con las prioridades del Golfo y del Mashreq.
La cuestión palestina revela quizá la mayor contradicción del sistema político árabe. Aunque la mayoría de los gobiernos árabes declaran su apoyo a los derechos de los palestinos, los Estados árabes difieren profundamente sobre cómo deben lograrse esos derechos, hasta qué punto de escalada pueden llegar y qué tipo de relación deben mantener con Israel, Estados Unidos y otras potencias internacionales.
Irán también se ha beneficiado de la división árabe. Teherán ha explotado repetidamente las diferencias dentro de la región mediante el desarrollo de relaciones con movimientos políticos y armados y la ampliación de su influencia en países como Irak, Yemen y Líbano. Turquía también se ha convertido en un importante actor regional, mientras que Israel ha desarrollado relaciones políticas, tecnológicas, económicas y de seguridad cada vez más relevantes con varios Estados árabes.
Estados Unidos sigue siendo otro factor decisivo. Durante décadas, numerosos gobiernos árabes han dependido de las garantías de seguridad estadounidenses y, al mismo tiempo, han tratado de construir una mayor autonomía estratégica. Esto crea una contradicción fundamental: los Estados árabes desean mantener la soberanía sobre sus decisiones estratégicas, pero siguen dependiendo de potencias externas para su protección militar.
China y Rusia también han entrado en esta compleja ecuación. Los Estados del Golfo, en particular, han tratado de diversificar sus relaciones internacionales, desarrollando vínculos económicos y políticos más sólidos con Pekín, Moscú, Ankara y otros actores. Esto no significa necesariamente que estén abandonando a Washington, sino que refleja una comprensión más amplia de que los Estados árabes desean disponer de más opciones y de una mayor libertad de maniobra.
Sin embargo, las potencias externas por sí solas no explican la fragmentación árabe. El problema fundamental es interno.
Los Estados árabes tienen sistemas políticos diferentes, estructuras económicas distintas, percepciones divergentes de las amenazas y visiones contrapuestas sobre el liderazgo regional. Los intereses nacionales han sustituido gradualmente a la antigua idea de un proyecto estratégico árabe común. En muchos casos, la seguridad del régimen gobernante se ha vuelto más importante que la seguridad colectiva, mientras que las alianzas bilaterales han adquirido mayor relevancia que las instituciones árabes.
La tragedia radica en que los Estados árabes disponen colectivamente de enormes recursos: energía, geografía, población, capital, corredores estratégicos, influencia cultural y grandes mercados. Sin embargo, estos recursos rara vez funcionan como componentes de un único sistema estratégico.
El mundo árabe no carece de poder; carece de coordinación.
El futuro no exige necesariamente un único gobierno árabe ni el regreso al nacionalismo de una época pasada. Lo que requiere es algo más realista: un mínimo de consenso estratégico. Los Estados árabes no necesitan estar de acuerdo en todo, pero sí deben coincidir en que la seguridad de la región no puede depender eternamente de patrocinadores externos rivales, que los conflictos árabes no deben convertirse en guerras por delegación interminables y que los intereses de un Estado árabe no pueden perseguirse siempre a costa de otro Estado árabe.
Hasta que eso ocurra, el mundo árabe seguirá siendo una región con un enorme potencial, pero con una capacidad colectiva limitada.
Su mayor debilidad no consiste en que los Estados árabes tengan intereses diferentes; las diferencias son inevitables. La verdadera debilidad radica en que no han logrado construir instituciones lo suficientemente sólidas como para gestionar esas diferencias sin permitir que las potencias externas las exploten.
Y quizá esta sea la realidad geopolítica decisiva del mundo árabe moderno: muchos Estados, muchas ambiciones, muchas alianzas, pero todavía ninguna brújula común.