El Sur contra el Sur: ¿Por qué África no logra transformar su unidad en poder?
Por: Dr. Mohamed Ihsan
Universidad de Yale
Existe una tragedia particular en la historia de África que no puede explicarse completamente por el colonialismo, la intervención externa, la pobreza o el fracaso político. Es la tragedia de un continente que ha hablado repetidamente el lenguaje de la unidad, mientras que en la práctica ha aplicado, en muchas ocasiones, políticas de división. África ha pasado generaciones enfrentando las injusticias heredadas del exterior; sin embargo, algunos de sus desafíos más profundos continúan siendo alimentados por las contradicciones existentes dentro del propio continente.
El Sur ha luchado contra el Norte, contra el colonialismo, la dependencia económica y un sistema internacional injusto; pero existe otra lucha que merece mayor atención: la lucha del Sur consigo mismo, la lucha entre los propios Estados africanos, y la tensión entre los intereses nacionales y la promesa más amplia de la solidaridad africana.
La África moderna heredó fronteras trazadas en gran medida sin participación africana; las potencias coloniales dividieron comunidades, culturas, reinos y redes comerciales de acuerdo con sus propios intereses. Al alcanzar la independencia, los líderes africanos se enfrentaron a una elección imposible: redibujar esas fronteras implicaba el riesgo de desencadenar conflictos que podrían haber consumido a los nuevos Estados, todavía frágiles. Por ello, se mantuvo en gran medida el mapa heredado.
Así, el colonizador desapareció, pero la geografía política colonial permaneció vigente.
Sin embargo, la historia no puede ser una explicación permanente del presente de África. El colonialismo creó muchas de las condiciones que continúan dando forma al continente, pero las generaciones posteriores también han tomado sus propias decisiones. La difícil pregunta ya no se refiere únicamente a quién trazó las fronteras de África, sino a por qué esas fronteras siguen cargando con tanto peso político, en un momento en que los intereses económicos, culturales y de seguridad de las sociedades vecinas están estrechamente vinculados.
Esta contradicción se manifiesta claramente en las relaciones entre los Estados africanos. Países que dependen unos de otros en materia de comercio, seguridad, energía y acceso a los mercados, a menudo actúan como si fueran entidades rivales. Compiten por la influencia regional, las inversiones, los recursos, los puertos y el peso diplomático. En lugar de facilitar el movimiento comercial, las fronteras se convierten en obstáculos, mientras que las disputas políticas entre gobiernos pueden paralizar la vida de ciudadanos comunes que no tienen ningún interés directo en esos conflictos.
Esta es la principal debilidad de la integración africana: la unidad es celebrada como un ideal, pero la cooperación se vuelve difícil cuando exige a los gobiernos hacer concesiones que afectan sus intereses nacionales inmediatos. La verdadera integración requiere confianza; requiere que los Estados más grandes moderen su influencia, que los países más pequeños acepten el principio de la interdependencia y que los gobiernos comprendan que la prosperidad de un país vecino no necesariamente reduce su propia prosperidad.
Los desafíos de seguridad en África hacen que este fracaso sea especialmente costoso. El terrorismo, el crimen organizado, el tráfico de armas, la migración y la inestabilidad política no reconocen las fronteras nacionales; sin embargo, las respuestas a estos problemas siguen siendo principalmente de carácter nacional. Un conflicto en un solo país puede desestabilizar a varios otros, mientras que la desconfianza lleva a los gobiernos a interpretar las medidas defensivas de sus vecinos como amenazas. El resultado es un ciclo en el que la inseguridad genera desconfianza, la desconfianza genera competencia y la competencia hace que la verdadera cooperación en materia de seguridad sea aún más difícil.
El mismo problema aparece en la gestión de los extraordinarios recursos naturales de África. El continente posee enormes recursos minerales, agrícolas y energéticos; sin embargo, la abundancia de recursos ha coexistido frecuentemente con la pobreza y la dependencia. Sin duda, la explotación externa forma parte de esta historia, pero África también debe enfrentar su propia fragmentación interna. Un continente que negocia por separado para obtener inversiones, tecnología, infraestructura y acceso a los mercados tiene mucho menos poder de negociación que un continente capaz de coordinar sus intereses.
En consecuencia, el problema de África no es simplemente la falta de recursos, sino el fracaso persistente en transformar los recursos colectivos en poder colectivo.
Esta fue precisamente la preocupación de los pioneros del pensamiento panafricanista en sus inicios. Líderes como Kwame Nkrumah comprendieron que la independencia política, sin cooperación económica y política, podía dejar a los Estados africanos con una soberanía formal, pero aún vulnerables a la fragilidad estratégica. Sin embargo, el proyecto de unidad africana ha enfrentado constantemente la tensión entre la soberanía nacional y la integración continental. Es comprensible que los gobiernos protejan su independencia, especialmente considerando la historia de África con la dominación externa. Pero la soberanía no debe confundirse con el aislamiento. En un mundo interconectado, la acción colectiva puede fortalecer el poder nacional en lugar de reducirlo.
Un Estado que negocia por sí solo con una gran potencia mundial posee una influencia limitada, mientras que un mercado regional coordinado que incluya a cientos de millones de personas posee una capacidad de negociación mucho mayor. Un país que negocia individualmente sobre recursos estratégicos tiene una posición negociadora determinada, mientras que varios países actuando conjuntamente tienen una posición completamente diferente. Por lo tanto, la integración no representa una renuncia a la soberanía, sino que, si está bien diseñada, constituye un medio para multiplicarla.
Las potencias externas también se han beneficiado de las divisiones africanas, y sería ingenuo ignorar esta realidad. Los gobiernos y empresas extranjeras han aprovechado históricamente las rivalidades políticas y han perseguido sus intereses estratégicos en todo el continente. Sin embargo, los actores externos pueden explotar las fracturas existentes mucho más fácilmente de lo que pueden crear una verdadera unidad. Por ello, África debe resistirse a la tendencia de explicar cada fracaso únicamente a través de la intervención extranjera. La explotación externa es una realidad, pero la voluntad y la capacidad de acción africanas son una realidad igualmente importante.
El costo final de esta fragmentación lo pagan los ciudadanos africanos comunes. Cuando se cierran las fronteras, los comerciantes pierden sus medios de vida e ingresos; cuando los proyectos regionales se retrasan, las empresas pierden mercados; y cuando los conflictos políticos dificultan la movilidad, las familias y las comunidades sufren. Para el ciudadano africano común, la fragmentación no es simplemente un problema diplomático abstracto, sino una frontera cerrada, un viaje costoso, una barrera aduanera, una oportunidad perdida o un obstáculo burocrático que se interpone entre personas que, de otro modo, podrían comerciar, trabajar y vivir a través de las fronteras con mayor facilidad.
África no necesita otra declaración de unidad, sino convertir la unidad en una realidad práctica. Necesita infraestructuras conectadas, un comercio más libre, una seguridad coordinada, instituciones regionales más fuertes y líderes políticos dispuestos a aceptar que la cooperación requiere, en ocasiones, hacer concesiones. Más importante aún, necesita abandonar la idea de que el progreso nacional debe lograrse a costa del vecino.
África no necesita convertirse en un solo Estado para convertirse en una sola fuerza. Sus países pueden mantener sus identidades y soberanías individuales, al mismo tiempo que reconocen que su mayor ventaja estratégica reside en su peso colectivo.
La lucha del Sur contra el Sur es, en última instancia, un conflicto sobre si África es capaz de transformar su geografía compartida en una fuerza común. El colonialismo explica gran parte del pasado del continente, pero no puede determinar su futuro para siempre. La intervención extranjera es una realidad, pero no puede convertirse en una justificación para la división interna interminable. La soberanía nacional es fundamental, pero no debe transformarse en una excusa para la fragmentación permanente.
África ha pasado generaciones preguntándose por qué el mundo continúa dividiéndola. Quizás ha llegado el momento de plantear la pregunta más difícil: ¿por qué África sigue permitiendo que esas divisiones limiten su poder?
La respuesta no se encontrará en otro discurso sobre la hermandad, sino en el arduo trabajo de construir confianza, integrar las economías, fortalecer las instituciones y aprender a ver la cooperación no como una concesión hacia los países vecinos, sino como una inversión en la propia África.
El futuro de África no estará determinado únicamente por lo que el mundo haga con ella, sino también por lo que África decida hacer consigo misma.